domingo, 6 de enero de 2013

Salidas de las situaciones

Acabo de llegar a casa después de estar todo el día por ahí. He tenido suerte y un amigo me ha colado en el cine a ver El Hobbit. Está muy bien, deja con ganas de más. Luego he ido a su casa a echar unas partidas de ajedrez y cenar con él y su compañero de piso. Al principio he estado triste, aunque luego me he ido animando algo más, mientras comíamos y jugábamos. Sin embargo al salir de allí ya sabía que me quedaba un camino duro hasta casa; y son solo diez minutos.


He pensado que quizá el futuro no traiga solo calamidades, he estado optimista un rato. Dicen en el programa de Punset un día que claro, el optimista, en general, está mejor que el pesimista, sea cual sea la situación. Nada tan subjetivo como el estado de ánimo. Ante la adversidad, o la no adversidad, el pesimista siempre lo estará pasando peor que el optimista. Es bastante obvio pero no tan fácil de pensar, sobre todo siendo pesimistas.

Quizá sea algo en esta casa. Igual tengo que cambiar algo, mudarme. Pero en cualquier caso no está bien que después de ese optimismo haya vuelto a pensar, subiendo las escaleras, que tendré un buen momento para ahorcarme dentro de poco. Suicidarse es una salida relativamente fácil. No es tan fácil tener la idea constantemente rondándote la mente. Eso te convierte en un pesimista que lo pasa muy pero que muy mal. La gente que no ha contemplado el suicidio como una opción probablemente no lo entienda. No contemplar el suicidio como opción es un salto cualitativo en el estado de ánimo muy considerable.

No podemos eliminar nuestro instinto de supervivencia, ¿no? Al hacerlo nos autodestruimos, y esa pequeña idea egoísta se adueña de tu existencia. Como tantas otras ideas lo hacen, sí, pero la cualidad de ésta es diferente a todas. Las salidas a las situaciones que buscamos pueden ser dolorosas o no serlo. Pensar en el suicidio es doloroso. Porque significa la pérdida de sentido. De ahí la desesperación. Como dice Víctor Frankl, el sufrimiento sin sentido convoca la desesperación. Es decir, al sufrir sin sentido nos desesperamos, mientras que si ese sufrimiento tiene algún sentido sentimos que la balanza se equilibra.

Pensándolo un poco, todo el sufrimiento que genera tener la idea del suicidio a tu alrededor como una mosca cojonera tiene poco sentido. Al menos que yo haya descubierto. Igual todo ese sufrimiento hace que los buenos momentos merezcan la pena. Puede ser que ese sea todo su sentido, aunque me parece que en este mecanismo mental siempre subyace una fuerte dosis de desesperación, es decir de no encontrar ningún sentido al sufrimiento. No parece que sirva para salir de ninguna situación, sino una tendencia bastante absurda. Hasta ridícula para algunos, digo yo. 

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